Paloma

12 - I - 1994
Este es un pequeño texto que escribí allá por el 2006 y que transcribí por primera vez al blog a principios del 2007. No se bien por qué lo había dejado como borrador en la mudanza a WordPress, pero ahora se me antojo re-publicarlo. Que lo disfruten.
Después de muchas idas y vueltas sobre este tema, y un montón de consideraciones culpa de las complicaciones implicadas, decidí mudarme a Wordpress en un host privado y con un montón de novedades.
Con el correr del tiempo voy a ir traduciendo las imágenes para que el blog quedé cómodo para los hispano parlantes y a pulir alguna otra cosa relacionada con el estilo y las opciones de la barra lateral…
Y sí, después de dos años y medio de tener este blog, era hora de darle una vida nueva.
Saludos.
P.d.: Esta es una entrada al margen, si hace mucho que no pasás te recomiendo que leas el último post, “La balanza de la vida“.
Esta es la adaptación de un borrador que armé a fines de mayo y terminé a principios de junio con la inspiración de una persona que en poco tiempo llegué a apreciar mucho. Tiene algunos cambios respecto de su original por cuestiones estilísticas. Gracias, L. A. por ayudarme (sin querer) a terminarlo.
No hace mucho que pasé por el portal de las dos décadas vividas y creo, por primera vez en años, que el 17 de mayo no fue un día más. Cumplir años es inevitable, como lo es la muerte misma; implica, se quiera o no, un envejecimiento biológico palpable, pero trae aparejadas todas aquellas cuestiones que no se aprecian hasta pasado el tiempo, cuando las circunstancias nos alcanzan y es necesario pesar nuestras acciones en la balanza de la vida, pasar en limpio todo aquello que tomamos y recordar con nostalgia lo que dejamos atrás. Evidentemente cumplir años ya no es para mí esa boludez que era hace algún tiempo… ¿me estaré volviendo viejo?
Volverse viejo… “Viejos son los trapos” hubiera dicho mi abuelo, porque claro, la vejez es aquella cuestión biológica que acabo de mencionar, un número en un calendario. ¿Pero qué representa ese número? Cuando nos preguntamos sobre nuestra vida, sobre aquello que somos, tenemos que remontarnos en el tiempo, recordar anécdotas, experiencias, personas, dilemas, viejas estructuras de pensamiento. “El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo” diría entonces el abuelo Sosa. Y he ahí donde nos encontramos con un problema: ¿existe alguna diferencia entre esa “vejez mala” que nos achaca culpa de la madre naturaleza y esta otra “vejez buena” que nos hace más sabios?
Me voy a animar a decir que hay una “vejez objetiva” y otra “vejez subjetiva”. De la primera hablé al principio y se refiere a esa cuestión inevitable de la linealidad progresiva del tiempo y la vemos en los abriles que contamos, en las arrugas que exhibimos, las canas que comienzan a brillar bajo el sol; pero es algo más, es el marco espacio-temporal que sostiene a la “vejez subjetiva”, porque haber respirado durante los 7.200 días que entran en 20 años no es una condición suficiente para decir que he crecido. Y he aquí el quid de la cuestión: crecer. Dicha porción subjetiva del envejecimiento es, justamente, aquello de lo que estamos hechos; es nuestro elemento constitutivo principal.
Adaptar los patrones de conducta, asumir responsabilidades, tomar las riendas de la propia vida y vivirla plenamente es, en definitiva, envejecer. Ese conjunto de experiencias del tipo ensayo-error que llevamos a cabo (voluntaria o involuntariamente) se transforma poco a poco en nuestro singular y personalizado manual para nuestra biografía. Se sintetiza en todo aquello que alguien alguna vez quiso llamar “sabiduría” para separar de los conocimientos formales y como para alimentar el ego de todos aquellos que en su cumpleaños, o en algún punto de su existencia, toman la balanza de la vida y pesan su vejez objetiva contra su vejez subjetiva para ver que cada latido de su corazón, cada inhalación de sus pulmones, cada parpadear de sus ojos fue aprovechado como si fuera el último.
Esos besos prohibidos eran mi droga, hacían que por mis venas corriera una mezcla de endorfina y adrenalina similar a la de una dosis de heroína cada vez que sentía sus labios apretados contra los míos. Muchas veces me pregunto si habrá sido real, si la habré soñado, si sólo fue una alucinación; pero la herida está ahí para recordarme que tan real era. Aunque no puedo evitar preguntarme ¿qué hay de cierto en ese dolor que ahora me invade? Insisto con que sólo fue una droga, ella actuaba sobre mí de esa forma tan particular que me hacía sonreír como un idiota mientras me clavaba un puñal en el pecho. No tengo derecho a quejarme, el auto-control se ejerce desde adentro y, la verdad, yo nunca quise controlarme. Ni como volar hacia el ocaso, ni como un submarino amarillo; en lugar de un alucinógeno la describiría como un estimulante, con ese maravilloso y adictivo efecto energizante que llena el cerebro de pensamientos positivos, que dibuja una sonrisa enorme y permite disfrutar al máximo ese momento de éxtasis donde el mundo es perfecto y no existen ni el tiempo ni el espacio y sólo somos ella, yo y la nada. Su lengua jugando con la mía bailando el malambo de la muerte, su mano derecha enredada en mi cabello pero como haciendo fuerza para que no me aleje, su rostro que se extiende hasta el infinito mientras mis dedos inquietos buscan recorrerlo por completo. Ahí, en ese momento en el que alcanzamos el cenit de ese beso perfecto, en donde la respiración se agita y los sentidos se descontrolan, justo ahí es cuando el filo del acero se hunde más profundo dentro de mí atravesando las fibras, los tejidos y las venas de un solo movimiento, casi sin esfuerzo. Con una circulación casi perversa desgarrás, cortás y perforás mi interior, dejándome frío y sin vida. Pero, claro, el dolor no se hace presente porque todavía estás ahí, la droga sigue haciendo efecto cual anestesia que me impide tomar conciencia de la herida mortal por la que me desangro lentamente. Las señales eran claras, hasta me lo dijiste varias veces, pero yo me creía inmortal y estaba seguro de poder probar el dulce néctar de tu boca sin sufrir las consecuencias; que ingenuo. Admito que me gustaría poder decir que caí en tu trampa, que me sedujiste con tu canto de sirena obligándome a abandonar mi navío y saltar a la profundidad del océano, pero se que no fue así. De hecho, me pregunto si no habrá sido la relación inversa y si no fui yo quien atrapó a la sirena en su red buscando transgredir esa prohibición que significan tus besos. De la forma que haya sido, no importa ahora. Finalmente nuestras bocas se separan, tus manos se alejan de mi cuerpo, abro los ojos y me encuentro con los tuyos mirándome fijamente, con ese color negro tan sencillo y tan profundo que los caracteriza. El silencio retumba tanto en la habitación que me aturde y desespera, pero tu mirada me tiene tan cautivado que no puedo emitir sonido alguno. De repente una expresión de desolación y tragedia se dibuja en tu rostro, veo aparecer dos pequeñas arrugas en tu sien a medida que las cejas se curvan hacia abajo. Las primeras lágrimas comienzan a deslizarse por tus mejillas apenas rosadas, marcando un sendero que termina en la comisura de tus labios, que ahora están apretados como una ostra. El efecto de la droga comienza a desaparecer y ya siento una puntada en el pecho a medida que tu boca se abre. Casi puedo escuchar el sonido del aire subiendo desde tus pulmones hacia tus cuerdas vocales y articulándose en esas palabras que disipan por completo el sedante que me dominaba. Es entonces cuando la realidad salta a la vista de la misma manera que la sangre emana a borbotones de mi llaga abierta. Hasta hoy me preguntaba si habías sido real, si te habré soñado, o si fuiste una alucinación; pero la cicatriz está ahí, para recordarme que tan real fuiste.
Que injusto es qué sólo las aves posean la capacidad natural de volar. Nosotros, los mamíferos más especializados, los que hemos dominado la tierra, el fuego y el agua aún nos peleamos ferozmente con el viento. Claro, cualquiera puede viajar en avión o en helicóptero; incluso en un ala delta y sentir casi como si volara, pero es una falacia creada por el ego. No es lo mismo ir por el aire llevado por el viento que remontarse sin limitaciones. Cómo me gustaría poder agitar las alas y elevarme libremente hacia el firmamento, sintiendo el viento en el rostro. Llegar a la altura de las nubes y allí quedarme, observando la ciudad como algo tan insignificante que no podría ser superado ni por todas las creaciones del hombre juntas. Supongo que podría acostumbrarme a la sensación de volar, de vencer a la gravedad y huir de las complicaciones a ese abismo infinito en las alturas; rodearme de inmaculado celeste y bañarme en los rayos del sol. Jugar a las escondidas en el blanco de las nubes o hasta coquetearle a las cimas de las montañas. Sería imposible aburrirme de ver el amanecer y el ocaso, apreciando los detalles de los cambios de color a mí alrededor. ¡Y ni menciono cuanto me babearía por los paisajes que se deben apreciar desde allá arriba! Si tan sólo tuviéramos esa capacidad… pero al menos me queda la imaginación, esa maravilla que me deja cerrar los ojos y sentir, por un segundo, que levanto vuelo y me alejo de esta silla, de esta casa, de esta ciudad… casi… casi, sólo un poco más alto. Sólo un poco.
Caminaba por calle Corrientes contra la numeración, contra el viento y contra las oleadas de personas que vagaban por ahí. La Avenida era tan ruidosa cómo cualquier otra tarde-noche de sábado, con las familias que salen de las obras infantiles y los grupos de amigos que se agolpan en las puertas de los teatros antes de entrar a las primeras funciones. Las voces se pierden en el viento particularmente frío y el ruido de los motores de los autos y colectivos parece no molestar a los curiosos que hojean las páginas de amarillentas publicaciones que encuentran en las librerías de saldos. En la Avenida de los teatros, el sábado a las siete de la tarde, todos son felices. Todos menos uno.
Casi como un fantasma camino calle abajo en dirección a 9 de Julio. La cara pálida por el frío, los labios apenas rosados y los ojos entreabiertos con la mirada perdida me hacen pasar inadvertido entre los paseantes. Ignorando las risas, las voces que se alzan sobre los bocinazos y la esporádica música que se escapa de las disquerías, voy errante como un fantasma que ha quedado perdido en la tierra de los vivos.
En algún punto doblé en Maipú y seguí derecho hasta Humberto 1º. Inconscientemente llegue a su dirección y me encontré parado al pie de su edificio contemplando como si estuviera hipnotizado la fachada de la construcción, repasando en mi cabeza todas las cosas que tenía para decirle, estructurando mis pensamientos y sentimientos para evitar quedar como un estúpido al momento de abrir la boca.
Y ahí estoy, inerte, reflexivo, imaginando el devenir de los hechos y prediciendo un futuro caótico que desciende en espiral hacia el desastre. Siempre tuvo en mí ese efecto narcótico, casi alucinógeno, que me hace perder poco a poco la razón hasta el punto en que lo pasional me domina por completo y me vuelvo incapaz de actuar conforme a mis convicciones.
Cae la noche y las luces de la calle me iluminan como si estuviera parado en el centro de un escenario gris y sin público, mientras que la pequeña lámpara que alumbra el portero eléctrico me desafía y presiona para enfrentar este miedo patológico que me invade y me congela hasta los huesos.
Finalmente tomo coraje y doy un paso en dirección a la puerta, sudando a pesar de los dos o tres grados bajo cero de temperatura. Titubeando doy un paso más, tengo el portero frente a mí. Saco mi temblorosa mano derecha del abrigo del bolsillo de mi campera y presiono el botón del 3ro “C”. No se cuánto tiempo pasó hasta que escuché un sonido, pero en ese tiempo volvió a mi la tragicómica escena que caracterizaba el final de este drama. De repente mis pensamientos, mi pulso y mi respiración se congelaron, había escuchado una voz:
-“¿Si? ¿Quién es?”
-“Soy yo” dije, y vi como una blanca bocanada de vapor emana de mi boca al pronunciar estas palabras. “Tenemos que hablar” concluí.
Sin más escuché la chicharra de la puerta. Se presentaban ante mí dos opciones: confrontar la realidad o volver a huir… Dudé un poco, con el zumbido eléctrico penetrando en mis oídos. Entonces estiré mi brazo, tomé el picaporte con la mano, empujé la puerta y di un paso hacia adentro; pronto todo habría acabado.
Eran como una manada que, descarriada y aturdida, corría por el lugar. Los ojos desorbitados, la mente en blanco, el sudor brotándoles por los poros a pesar del viento frío que soplaba… A un kilómetro a la redonda podía escucharse el estruendo de esa suerte de malón que, desesperado, sigue un camino errante culpa de su desconocimiento absoluto de la realidad.
La inercia se apodera de la mayoría de ellos, quienes siguen a sus coetáneos ennvueltos en una histeria colectiva. Los rostros, pálidos de ansiedad y miedo, dan cuenta de su estado cuasi desesperanzado.
Agrupados en conjuntos más pequeños se puede ver como se repiten determinados paradigmas, casi como si fueran salidos todos de una línea de montaje; ellos mismos, siguiendo un patrón incierto, buscan la compañía de los que grosso modo les son afines. Dichos grupos tienen figuras que a primera vista aparentan un perfil de liderazgo, aunque un análisis un poco más minucioso dejará ver sus inseguridades, menos aparentes pero tan grandes como las del resto.
A pesar de todo esto y en contraposición al caos reinante, se percibe un aire de armonía que no se ve en otro lado. La condición de iguales, de presas de matadero que sienten todos los hace encontrar en sus pares un poco de seguridad, que se manifiesta en un ámbito de cordialidad mutua entre todos los asistentes.
De pronto llega la hora de la verdad. El descontrol y el pánico ganan el campo nuevamente y se ven otra vez corridas, lagrimas contenidas, caras de depresión o desesperación… Pasos apurados, escaleras, pasillos, portazos; todo junto entre paredes cansadas de ver todos los años lo mismo.
Asi pese a quien le pese, el primer examen universitario de la mayoría comienza y todos estos adolescentes desamparados dan su primer paso para lo que marcará el resto de sus jóvenes vidas.
Quería volver con algo un poco más literario, pero no pude evitar pintar un retrato que vi esta mañana. Espero que les guste. Gracias a todos los que estuvieron durante estos meses difíciles.
El “crack” que hizo mi corazón al romperse fue estruendoso como el sonido de un rayo que cae anunciando la tormenta. En el momento que ella me dijo “lo nuestro se terminó, conocí a otro”, una grieta se abrió en mi pecho y la herida fue tan profunda que más de una vez pensé que iba a morir.
Ella se llamaba Andrea, la conocí bastante tiempo atrás gracias a un amigo en común que nos presentó en su cumpleaños. En ese momento yo acababa de salir de una relación de mierda que no había dejado nada bueno y supe después que ella traía a cuestas una herida importante de su última pareja.
-”Andrea, él es Ernesto, y creo que ustedes dos son tal para cual, créanme”; dijo Miguel cuando nos presentó. Él es responsable indirectamente de gran parte de mi depresión posterior.
-”¿Cómo estás tan segura que lo nuestro no va más si recién lo conociste?”
Esa noche hablamos por horas. A los dos nos gustaba la misma música, los mismos libros, teníamos las mismas opiniones sobre determinados temas, compartíamos el sentido del humor, pero más importante: nos miramos todo el tiempo como si quisiéramos arrancar la ropa del otro. Cuando todos empezaron a irse de la casa de Miguel decidimos seguir nuestra conversación en un bar que estaba a pocas cuadras de ahí y abría las 24hs, así que entre copas estiramos la charla hasta que el amanecer nos tomó por sorpresa. En ese momento supimos que nada más iba a pasar, así que la acompañé a tomar un taxi y volví caminando a mi departamento; no pude dormir por pensar en ella.
-”Estoy segura como lo estuve con vos, además ya no nos soportamos. No seas necio, por favor.”
Tres días más tarde, el miércoles, hicimos planes para almorzar juntos porque las oficinas donde ella trabajaba estaban a pocas cuadras de las mías, por lo que acordamos que yo la pasaría a buscar. Apenas salió del hall del edificio nos dimos un abrazo lleno de sentimientos, su perfume era irresistible como siempre y no pudimos evitar besarnos durante casi una hora, por lo que apenas cruzamos palabras y decidimos reagendar el encuentro para que se convirtiera en una cena en mi casa, el jueves por la noche. La cena fue perfecta, recuerdo perfectamente lo hermosa que estaba, por más que no me acuerde de como estaba vestida, y con cada palabra que salía de su boca yo me enamoraba más y más. Pasamos la noche juntos y seguimos así por casi ocho meses.
-”¿Y qué pasó con el amor que sentíamos? ¿Tirás todo a la basura por un pálpito?”
Ese tiempo fue mágico porque llegamos a conectarnos de una forma que jamás había experimentado. Andrea era mi consejera, mi compañera de viajes y locuras, mi amante y mi musa inspiradora. Prácticamente vivíamos juntos y lo disfrutábamos mucho. Recuerdo esta escena en mi departamento, con el delicado sonido del piano de Bran Meldhau de fondo, la tenue luz de una lámpara de pie que apenas alumbra desde un rincón y el suave aroma frutal de sus perfumes creaban el ambiente perfecto, completo con nuestros cuerpos abrazados en el sofá y nuestras miradas conectadas sin necesitar decir una sola palabra.
-”¡No es un pálpito, Ernesto! Por favor, no lo hagas más difícil de lo que ya es.
Pero en esa época las cosas empezaron a cambiar. La empresa para la que ella trabajaba mudó sus oficinas a cuarenta cuadras de las mías, así que ya no podíamos vernos durante el almuerzo. Además cambiaron mis horarios de entrada y salida, por lo que se hizo aún más difícil que nos viéramos por la noche también; por lo tanto sólo nos quedaban los fines de semana, pero el stress comenzaba a notarse y las tensiones iban en aumento. No puedo culparla por nada de lo que pasó desde ese momento.
Días más tarde me llamó y me dijo que me pasaría a buscar por el trabajo a la hora de salida, así que la esperé y fuimos a un café a tomar algo. Con mi paranoia no infundada, yo sospechaba lo que venía.
-”¿Cómo esperás que no lo haga más difícil? ¡Yo te amo!” Le dije, y no pude contener las lágrimas que ya brotaban desde mis ojos. Ella también lloraba.
-”Por favor, terminemos las cosas aca, no me hagas decirte nada más”.
-”¿Cómo que hay más? ¿Es una joda? Si vos querés, lo nuestro se termina aca, pero yo siempre te fui sincero y espero que vos lo seas conmigo.
-”Está bien, lo estoy viendo hace más de un mes…” Antes que termine la frase me levanté de la mesa y me fui. Esa noche tampoco dormí por estar pensando en ella.
Con el tiempo la olvidé, aunque nunca encontré otra igual. De todas maneras estos tres años sanaron la herida y yo rehice mi vida, en parte gracias a que la empresa accedió a trasladarme a Rosario esa misma semana y sin hacer demasiadas preguntas, pero ayer todo esto volvió a mí como en un carrusel cuando abrí mi correspondencia y encontré la tarjeta que decía:
Andrea Reiser y Miguel Ascurria tienen el placer de invitarlos a la ceremonia por su enlace, que tendrá lugar el día 10 de Abril del corriente año a las 10hs en la Catedral Metropolitana.
Saludos!
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